Pasta de Conchos: 65 trabajadores y una herida que sigue abierta

Pasta de Conchos: 65 hombres bajo la tierra

Eran aproximadamente las 2:05 de la madrugada del 19 de febrero de 2006 cuando una explosión sacudió la mina Pasta de Conchos, ubicada en San Juan de Sabinas, Coahuila. A esa hora, decenas de trabajadores se encontraban en su interior. En cuestión de segundos, el lugar donde realizaban su jornada se convirtió en una trampa. La explosión en la mina Pasta de Conchos fue porvocada por una acumulación de gas metano combinada con una falta de ventilación adecuada y graves condiciones de negligencia y omisiones en la seguridad.

La explosión provocó derrumbes y graves daños en los túneles. Algunos trabajadores que se encontraban en zonas más accesibles consiguieron salir con vida, mientras que otros fueron rescatados con heridas. Sin embargo, 65 mineros quedaron atrapados bajo tierra.

La noticia comenzó a llegar rápidamente a sus familias. Durante las horas siguientes, esposas, hijos, padres y hermanos de los trabajadores se trasladaron hacia los alrededores de la mina. Todos esperaban respuesta a la misma pregunta: ¿estaban vivos?

Al principio todavía existía esperanza. Los familiares aguardaban noticias mientras los equipos de rescate intentaban avanzar hacia las zonas afectadas. Cada hora era importante: si algunos trabajadores habían sobrevivido a la explosión, necesitaban oxígeno, agua y, sobre todo, una ruta que les permitiera salir.

Pero ingresar a una mina después de una explosión representaba un peligro extremo. Los túneles podían sufrir nuevos derrumbes y existía el riesgo de encontrar concentraciones de gases capaces de provocar otras explosiones o intoxicar a los propios rescatistas. Afuera, mientras tanto, las horas comenzaron a convertirse en días.

Las familias permanecían esperando. Algunas prácticamente no se alejaban de la entrada de la mina. Cada movimiento de los equipos de rescate podía significar una noticia y cada vehículo que entraba o salía provocaba nuevas preguntas. Sin embargo, las respuestas eran pocas.

Con el paso de los días, la esperanza comenzó a enfrentarse con una realidad cada vez más difícil. Los trabajadores se encontraban atrapados a gran profundidad y las condiciones en el interior de la mina eran extremadamente peligrosas. Finalmente, las autoridades informaron que las posibilidades de encontrar sobrevivientes eran prácticamente inexistentes.

Para las familias, aquello significaba enfrentarse a una realidad todavía más dolorosa: no solamente habían perdido a sus seres queridos, sino que sus cuerpos seguían dentro de la mina.

Entonces comenzó otra lucha. Ya no se trataba únicamente de rescatar posibles sobrevivientes. Las familias empezaron a exigir la recuperación de los restos de los trabajadores. Querían enterrarlos, querían saber exactamente qué había sucedido y querían que se determinaran responsabilidades.

Las investigaciones sobre Pasta de Conchos generaron durante años discusiones acerca de las condiciones de seguridad existentes antes de la explosión. La mina era operada por Grupo México, una de las compañías mineras más grandes del país. Después del accidente surgieron señalamientos relacionados con las condiciones laborales y de seguridad en la mina. También se discutieron las inspecciones realizadas antes de la tragedia y las medidas que debían haberse implementado.

Mientras instituciones, especialistas y empresa discutían responsabilidades, las familias continuaban esperando. Pasaron semanas, después meses y finalmente años. La mina permaneció cerrada con decenas de cuerpos en su interior.

De los 65 trabajadores atrapados, únicamente dos cuerpos fueron recuperados durante las labores realizadas en 2006. Eso significaba que 63 permanecían bajo tierra.

Con el paso del tiempo, Pasta de Conchos dejó de ser solamente la historia de un accidente minero y se convirtió también en un conflicto social. Las familias comenzaron a organizar protestas, reuniones y actos para exigir que se reanudaran las labores de recuperación. Año tras año regresaban al mismo reclamo: querían recuperar a sus familiares.

Durante mucho tiempo, distintas autoridades argumentaron que ingresar nuevamente a la mina representaba enormes riesgos debido a las condiciones existentes en su interior. Las familias cuestionaron esas explicaciones. Así comenzó una espera que se prolongaría durante casi dos décadas.

Presidentes cambiaron, gobiernos terminaron y funcionarios llegaron y se fueron. Pero las familias continuaron exigiendo lo mismo.

Hasta que ocurrió algo que, después de tantos años, parecía casi imposible. En 2024, los trabajos de recuperación permitieron localizar restos humanos dentro de la mina. Habían pasado 18 años desde la explosión.

Para algunas familias, aquello significaba finalmente tener la posibilidad de recuperar a sus seres queridos. Pero también evidenciaba cuánto tiempo había transcurrido. Un niño pequeño que perdió a su padre en 2006 podía ser ya un adulto. Los padres de algunos mineros habían envejecido esperando y otros familiares murieron sin alcanzar a ver recuperados los restos de sus seres queridos.

Pasta de Conchos se convirtió así en mucho más que la historia de una explosión. Es la historia de 65 trabajadores que entraron a una mina durante un turno nocturno y no regresaron a sus hogares. Es también la historia de sus familias, que pasaron años preguntándose qué había ocurrido exactamente debajo de la tierra.

Y existe algo especialmente doloroso en esta tragedia: para muchas de esas familias, el accidente nunca terminó realmente.

El calendario avanzó desde 2006. México cambió. Pasaron gobiernos, elecciones, crisis y acontecimientos nacionales. Pero, debajo de la tierra, seguían los trabajadores.

Por eso, cada 19 de febrero, Pasta de Conchos vuelve a ser recordada. Aquella madrugada comenzó como un turno de trabajo más. Los mineros descendieron como lo habían hecho muchas otras veces, probablemente pensando en terminar su jornada, recibir su salario y regresar con sus familias.

A las 2:05 de la mañana, una explosión cambió todo.

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