Reflexión. Es más fácil

Siempre es más fácil el camino fácil. Lo veo cad adía, cada mañana en cuanto pongo un pie en la calle, es que tan solo hay que asomarse al mundo: opr eso es fácil dejarse abatir por la desesperanza, bajar los brazos, no elegir el camino correcto -tú siempre sabes cuál es- porque, total, para qué si nadie más lo hace. Lo entiendo, de verdad que sí. ¿Cómo no lo voy a entender?

Si ahí afuera todo es aridez, si nadie se para ya nunca a ayudarte, si ya no queda casi tiempo para el tiempo.

Es más fácil no devolver las llamadas (para qué) ni responder a ese sencillo “Buenos días” cuando sales a la calle, frente al vecino del que no sabes prácticamente nada. Debe de costar muchísimo hacerlo: “Buenos días, ¿cómo estás?”. No ceder tu asiento (¿cuándo dejamos de hacerlo?) ni sostener la puerta para que pase la persona que viene detrás -o alguien mayor de edad que pueda necesitar tu ayuda-. ¿Para qué? “Ya se las arreglará, que yo tengo prisa. Además, a mí no me la ha abierto nadie”.

Es más fácil mirar hacia otro lado cuando hay un problema y refugiarte en esa sábana tan rica: “Es culpa de los demás”. Es más fácil cobijarse bajo la opinión de la mayoría, donde nunca desentona tu voz. No dejar propina, evadir impuestos (total, lo hace todo el mundo) y no ser fiel (hasta el final) a la palabra prometida, cuando la palabra es lo único que de verdad es tuyo. Es más fácil no tener grabada en la piel aquella verdad inmensa que reza: “Las palabras son las pocas cosas que duran siempre”. Es fácil terminar creyendo que la medida del éxito es lo que posees y no lo que sienten por ti las personas que de verdad te quieren.

Es más fácil no tomar partido. Quedarte parado y escondido cuando tienes la injusticia plantada frente a ti. “¡Maldito el momento cuando uno no toma partido hasta mancharse”!

Es más fácil no salir de casa cuando afuera llueve, viajar sin exponerte, no hacerte más preguntas de las estrictamente necesarias. No hacer el esfuerzo por ponerte en el lugar del otro, no tener la certeza de que a veces lo más inteligente que puedes hacer es callarte y ecuchar, aprender a mirar las cosas con ojos nuevos, entender que es ese primer paso el que te llevará hasta el fin del mundo: pero hay que darlo.

Es más fácil aferrarse al discurso hueco del dinero. El discurso tan triste, tan pobre en el fondo, del más es más: ese “todo vale” de a quien solo le sirve llegar primero y gritarlo al mundo. Es más fácil poner todas las fichas en la casilla de la ambición. Es más fácil pensar que estás aquí de paso, ponerte de perfil cuando alguien pregunte quién fue,no tender la mano al necesitado. Es má fácil rendirte a lo fácil y no tener presente siempre que la vida nunca trae nada bueno, siempre trae algo mejor.

Pero yo no lo voy hacer. Y te invito a que tú tampoco tomes el camino fácil.

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